CHENGUE
1
EN LA
MONTAÑA DEL OLVIDO
Chengue
no aparece en el mapa de Colombia y su corta extensión apenas le alcanza, para
ser un pequeño punto perdido en los límites de los Departamentos de Sucre y Bolívar en el norte de Colombia. Para
llegar a sus calles existe una tortuosa trocha de cincuenta kilómetros que
parte del municipio de Ovejas, un pueblo enclavado en la inmensidad
de los Montes de María, cadena montañosa que se extiende caprichosamente en
medio de gigantescas sabanas y ciénagas.
Por
esa autopista del olvido que lleva a Chengue sólo se puede transitar en jeep.
En verano el terreno se agrieta por el incesante calor, huecos que asemejan
cráteres y rocas que parecen montañas amenazan en cada curva con volcar los
vehículos. En invierno las circunstancias cambian pero las amenazas no, la
arcillosa trocha se transforma por las lluvias en un gigantesco lodazal donde
la doble tracción de los camperos es ayudada con cadenas amarradas a las
llantas para doblegar los cientos de toneladas de pantano que convierten la vía
en una inmensa pista de patinaje.
Este
era un pueblo tranquilo con el colorido característico de las poblaciones de la
costa Atlántica, donde el porro un pegajoso y cadencioso ritmo nacido en estas
tierras, animaba las parrandas junto al vallenato. Estadísticas manejadas por
el DANE dicen que para enero de 2001, Chengue tenía en la cabecera urbana unas
noventa viviendas y cerca de mil habitantes que día a día laboraban
arrancándole a la tierra el sustento para sus familias, bajo un inclemente sol
tropical que a la sombra marca treinta y tres grados centígrados.
Por
la fertilidad esta fue una tierra de agricultores: maíz, ñame, yuca y el fruto
estrella de la zona, el aguacate famoso por su tamaño y dulzura se daban por
toneladas. Cifras del año 2000 de la alcaldía de Ovejas, municipio al que
pertenece el corregimiento de Chengue, indica que al año se producían diez
millones de aguacates, treinta mil toneladas de maíz, cuatrocientas veinte
hectáreas de ñame y doscientas sesenta hectáreas de yuca.
La
infraestructura de servicios en la zona era limitada, el caserío contaba con
servicio de energía pero el agua para consumo la sacaban de un pozo, había una
escuela y un pequeño puesto de salud. Más, no tenían, sólo las promesas de
pavimentación de vías, mayor cobertura en salud, educación y empleo de
políticos en campaña que después de las elecciones jamás volvían.
En
Chengue, llover es sinónimo de diluvio y
los fuertes chaparrones daban pie a una particular costumbre, con las
primeras gotas niños y adultos caminaban a campo abierto para recibir sobre sus
humanidades el torrencial aguacero; decían los más viejos, que los millones de
gotas golpeando sobre sus espaldas y rostros, eran el bálsamo mágico que
mantenía su envidiable fortaleza física.
Cuando
hace calor la temperatura no baja de cuarenta grados centígrados, las hojas de
los árboles de roble y las palmeras no se mueven un ápice, el sopor que invade
el cuerpo es un reto al trabajo, pero para enero de 2000 nadie paraba; había
cercas que levantar, cultivos que arar y ganado que alimentar.
Este
corregimiento era un reflejo del ritmo de vida que hay en muchos poblados de
Colombia donde no existe él agite de las grandes ciudades. El comercio era escaso, sólo había un teléfono
que la mayor parte del tiempo tenía la línea muerta o congestionada, había más
bares y cantinas que parques, el gas domiciliario era un sueño y la única iglesia se quedaba pequeña para la masiva
concurrencia a la homilía de los domingos. Chengue era un pueblo construido en
medio de la adversidad y de la nada por personas humildes que vieron en esa
montaña un paraíso donde realizar parte de sus sueños.
De
lejos al golpe de vista las noventa casas asemejaban un viejo pesebre, sin mula
porque aquí reinaba la burra y sin buey
porque el arado se hacía a golpe de riñón. De cerca el panorama era pintoresco,
los ranchos tenían paredes de cañabrava, tabla y bahareque recubiertas con
pañete, un material de revoque hecho con barro y estiércol de buey. Las ventanas
eran armadas con retales de madera y
los techos eran una mezcla de hojas de palma con la brillante y
sofocante presencia del zinc. La escuela tenía más espacio y alumnos que ayudas
pedagógicas y todo el pueblo estaba invadido por un ejército de chivos,
gallinas, cerdos y burras que no sabían de cercas o propiedad privada.
Así
era Chengue, un pueblo más cercano al realismo mágico que a la modernidad de un
siglo que llegó con la premisa de construir estaciones espaciales. Sus
pobladores eran los mismos de siempre, descendientes de los primeros colonos
que hace más de un siglo llegaron a romper monte para construir sus parcelas, a
través del tiempo los López y Oviedo le quitaron a la Serranía de San Jacinto
unas cuantas hectáreas para vivir y cultivar. Aquí tuvieron hijos, abrieron
trochas y aprendieron el valor de lo propio. Trabajaban mucho y hablaban poco,
¡el aire caliente cortaba la lengua como una filosa navaja!.
Los
Chengueros[1]
eran felices de lo que tenían, de cómo vivían
y donde lo hacían, cada día para ellos era igual: arar, cultivar y
recoger cosechas, pero tenían un lunar, la presencia de guerrilleros de los 35
y 37 frentes de las FARC, sumados a pequeños grupos del ELN y ERP, que
repetidamente pasaban por sus polvorientas calles, la presencia de estos grupos
sería la causa de la peor pesadilla
vivida por estos labriegos. La mayoría la noche del 16 de enero de 2001 se
acostaron con sus mentes puestas en las cosechas de maíz y aguacate que
recogerían al día siguiente, pero por cuenta de la barbarie al amanecer en vez de frutos, recogieron muertos.
2
LA ALMÁDENA DE LA MUERTE
El
martes 16 de enero de 2001 la tranquilidad de Chengue se rompió, en las
primeras horas de una soleada mañana una caravana de camperos procedentes de
los vecinos municipios de Chalán, Colosó y Ovejas llegó a sus calles, de los
empolvados vehículos descendieron cerca de 40 labriegos que venían en busca de
trabajo en las fincas de la zona donde se recogía la primera cosecha de
aguacate y maíz del año, para los recién llegados ante la escasez de fuentes de
empleo en la zona, Chengue eran la única
solución para sus problemas laborales y económicos.
La
pequeña plaza del corregimiento era un hervidero humano, cerca de veinte
mayordomos escogían entre más de cuatrocientos labriegos los que a su vista-
cargada de experiencia- parecían más trabajadores y menos haraganes. La paga
ofrecida no era mala, quince mil pesos diarios más comida y dormida en las
ramadas de las fincas. La máxima ley del capitalismo de la oferta y la demanda
brilló en todo su esplendor durante el
día en el pequeño corregimiento, al filo de la tarde cerca de 150 foráneos fueron contratados para apoyar
a los trabajadores permanentes en la recolección de la cosecha al día
siguiente.
Entre
ese mar de personas estaba el chenguero Néstor Montes Meriño de 65 años quien
tenía una pequeña parcela sembrada con maíz en las afueras del pueblo, El no
vivía en el corregimiento, desde hacía dieciocho años se había ido para
Sincelejo con toda su familia, pero su espíritu de agricultor enseñado a labrar
la tierra no le permitía olvidarse de su pequeña parcela.
Néstor
llegó a Chengue el día anterior, saludó algunos amigos, recogió
las trazas de maíz de su parcela y trato de regresar inmediatamente a Sincelejo
pero un inconveniente de última hora lo impidió, no le pagaron un dinero
que había prestado, le tocó quedarse[2].
Por
eso estaba ese martes en la plaza principal pero el dinero de la deuda siguió
sin aparecer, fruto de la casualidad o del infortunio, Néstor Montes tuvo que
volver a aplazar su regreso a Sincelejo, bastante molesto por el incumplimiento
le dijo a su deudor que sólo le daba un día más de plazo, malhumorado y sin despedirse se refugio en su rancho,
selló los bultos de maíz que había recogido, hizo algunas cuentas y decidió
acostarse. “Me voy a las ocho de la mañana así no me paguen, eso me pasa por
prestar dinero a personas de poca confianza”. Fue su último pensamiento antes
de apagar la luz del humilde rancho. Nadie se imaginaba que esa noche, los
negros nubarrones de la barbarie se acercaban por entre las trochas al
corregimiento.
Cuarenta
kilómetros al occidente de Chengue está el municipio de San Onofre, ubicado al
costado izquierdo de la troncal de oriente entre las ciudades de Sincelejo y
Cartagena. Ya había llegado la noche, las sombras invadían cada rincón de la
población de 49 mil habitantes, quienes en su gran mayoría disfrutaban a esa
hora de la tenue brisa de enero. A diez kilómetros del pueblo, en la finca El
Palmar o El Caucho como también se le conoce, un grupo de 80 miembros de las
Autodefensas ilegales que vestían prendas de uso privativo de las Fuerzas
Militares y fuertemente armados se aprestaban a abordar tres camiones tipo
estacas. Siendo las 6:45, se dirigieron hacia San Onofre, cruzaron por el medio
del pueblo y cuando tomaron la troncal del oriente rumbo hacia el corregimiento
de Chinulito, tropezaron con un reten de la policía, nadie detuvo su paso,
siguieron sin ningún contratiempo. Veinte eran de la zona, los demás fueron
traídos del departamento de Córdoba con la supuesta misión de atacar a un grupo
de guerrilleros de las FARC, quienes presuntamente vivían infiltrados como
campesinos en el corregimiento de Chengue[3].
Entre
el grupo iba Nidia Beatriz Velilla
alias “Beatriz”, una enfermera que perteneció a las FARC por ocho años
pero desertó y se unió a las autodefensas cuando su esposo aparentemente la
acusó ante el bloque Caribe de robarse un dinero fruto de varias extorsiones.
Por esa acusación Gustavo Rueda Díaz alias “Martín Caballero” jefe del frente
37 le puso precio a su cabeza.
Después
de veinte minutos de viaje por la troncal del oriente el grupo de autodefensas
ilegales llegó a la finca “Las Melenas” donde recogieron a otros treinta
hombres, luego reanudaron la marcha hasta el caserío de Chinulito, un pequeño
pueblo fantasma ubicado entre San Onofre y Tolú Viejo abandonado por sus
moradores meses atrás por las amenazas e incursiones de la guerrilla que
constantemente saqueaba las humildes viviendas. Allí los tres vehículos
salieron de la carretera a mano izquierda y se dirigieron por una trocha hacía
Macayepo otro pequeño caserío hasta donde podían transitar. Al acabarse la vía
el grupo ilegal siguió su marcha a pie
y después de casi dos horas llegaron sin que nadie se percatara a las fueras de
Chengue al filo de las once de la noche, alias “Juancho” uno de los cabecillas
ordenó al grupo descansar escondidos
entre la maleza y esperar ordenes.
Cuando
el reloj marcaba las cuatro de la mañana los hombres de Carlos Castaño se
levantaron y en menos de diez minutos rodearon el pueblo, con gritos y patadas
en las puertas de las casas despertaron a los sorprendidos y asustados
moradores, les dieron menos de diez minutos para salir de sus camas y reunirse
en la plaza principal. Quienes alcanzaron a ver por entre las ranuras de las puertas que había sujetos armados en
sus calles no lo pensaron dos veces, se pusieron lo primero que encontraron y
por entre la maleza huyeron despavoridos buscando una cañada o un hueco en la
tierra donde esconderse.
A
Néstor Montes las patadas y los gritos lo despertaron de tajo, el que solo se
quedó en Chengue para cobrar una deuda, ahora se dirigía bajo la amenaza de un
fusil apuntando a su espalda hacia la plaza principal donde supuestamente
revisarían sus antecedentes en un computador portátil que las autodefensas
ilegales habían encontrado en una de las casas y pertenecía a la guerrilla.
Caminaba tranquilo- contaron meses después sus familiares - decía que nada
temía porque era un ignorante que no sabía ni de guerrilla ni de paramilitares,
estaba equivocado en su inocente
sabiduría ancestral, más ignorantes que él, eran los hombres que a la fuerza lo
sacaron de su rancho.
Llamando
con nombres propios el grupo ilegal reunió a veinticinco hombres y los llevó a
la plaza principal[4], donde alias
“Beatriz” dictó sentencia de muerte sobre ellos acusándolos de ser auxiliadores
de la guerrilla. Para el grupo de autodefensas ilegales, las afirmaciones de
esta ex guerrillera fueron suficiente prueba
para asesinar a quienes indefensos suplicaban por sus vidas.
Según
testimonios de algunos sobrevivientes quienes un año después recuerdan con
horror la peor pesadilla de sus vidas,
el primero en morir fue Jaime Merino,
el ex compañero de Alias “Beatriz”, a él lo sacaron a patadas de su casa
y en medio de insultos y gritos su propia esposa le pegó un tiro en la cabeza.
Luego obligaron a los demás labriegos a arrodillarse y poner su cabeza sobre
una piedra, para reventar sus cráneos a golpes con una almádana[5]cómo
quien coge un corozo a martillazos.
Azaél
López Oviedo, Luis Hernando López
Meriño de 22 años , Pedro Adán Caro, Arquímedes López Oviedo de 48 años,
Alejandro Monterroza Meriño de 55 años, Rafael Romero Montes de 33 años, Darío
López Meriño de 30 años, Juan Barreto, Santander López Oviedo, Videncio
Quintana Meza de 65 años, Mario Quintana Barreto de 24 años, Néstor Meriño
Caro, Jaime Meriño Ruiz de 50 años, Giovanni Barreto de 30 años, Guillermo
Martínez, Dairo Morales Díaz de 43 años , Rubén Barreto Oviedo de 40 años,
Andrés Meriño Mercado, Cristóbal Meriño Mercado de 22 años, Luis Pérez de 22
años, Luis Enrique Olivera, Gildardo Arias y
Rusbel Oviedo Barreto de 28 años a quien su padre Enrique trato de
defender bloqueando con un palo la entrada a su casa. Él esfuerzo fue inútil,
de un golpe los asesinos tumbaron la puerta y sacaron a empellones a su hijo.
Uno de los últimos en morir machacado fue Néstor Montes Meriño, la barbarie le
quitó la vida y frenó en seco su deseo de abrir nuevos sembradíos de aguacate,
ñame y yuca para ayudar a sus seis hijos y catorce nietos. La confianza fue su
peor aliada.
Los
hermanos Juan Carlos y Elkin Martínez Oviedo de 26 y 22 años de edad y su
vecino Cesar Meriño Mercado de 62 años murieron por solidarios, según narró
Adalberto Martínez, papá de los dos jóvenes:
“Nosotros
vivíamos en la finca Las Miradas a mas
o menos un kilómetro de Chengue, como a las cuatro de la mañana sentimos un
alboroto en el pueblo, nos levantamos y observamos como las llamas consumían
las casas de bahareque y palma, la primera impresión que tuvimos fue que
Chengue se estaba incendiando y mis hijos salieron para ayudar a apagar el
fuego. Que cosas que tiene la vida, se fueron a ayudar y encontraron la
muerte”.
A
las cinco de la mañana después de una hora de
barbarie y sevicia, veintiocho cuerpos sin vida estaban regados por el
pueblo. El horror no paró allí, las autodefensas ilegales en su huida, quemaron
veintiséis ranchos y destruyeron con un
mazo el único teléfono que había, eran las seis de la mañana cuando se fueron llevando
como rehenes a Videncio Quintana Barreto, Pedro Arias Barreto y cuatro menores
de edad, atrás solo dejaron horror, desolación y muerte. Huyeron en silencio,
la mayoría sólo quería poner tierra de por medio del lugar donde dejaron
decenas de viudas y huérfanos.
3
LAS HUELLAS DE LA BARBARIE
El
amanecer del miércoles 17 de enero de 2001 fue
particularmente oscuro y triste, el radiante sol de esta tierra no salió
como todos los días, una extraña oscuridad se apoderó del destruido y desolado
caserío mientras el desgarrador llanto de las viudas y huérfanos, se convertía
en un eco lleno de dolor que inundaba
las silenciosas montañas de los Montes de María.
Cuando
la luz empezó a colarse por entre los árboles, aparecieron como sombras quienes lograron huir en medio de la
orgía de sangre, en ese momento no eran seres humanos, parecían espectros
atrapados por el dolor caminando cómo zombis por entre los escombros de sus
casas y los despojos mortales de sus seres queridos, caminaban con temor,
sigilosos como la serpiente que se esconde de sus cazadores para evitar la
muerte.
Chengue
no era el mismo, en dos horas los asesinos aniquilaron cuatros generaciones de
tres familias y dejaron en cenizas el sustento de un millar de personas. El
panorama era terrible, en la plaza en una pequeña terraza había diecisiete
cuerpos y siete más estaban tirados cerca al puesto de
salud.
Con
el paso de los minutos más campesinos aparecieron en las bocacalles del pueblo,
unos corrían desesperados a recoger los cuerpos destrozados de sus familiares,
otros trataban de buscar bajo las latas retorcidas y trozos de palos humeantes, que hasta hace un par de horas eran
sus casas, algo que hubiera quedado bueno después del demencial ataque, muy
pocas cosas se salvaron, lo único que encontraron fue grafitos donde sus
asesinos, los sentenciaban: “Beatriz”, “salgan guerrilleros HPS”.
Quienes
no tenían familia en el pueblo se fueron rumbo a los municipios de Ovejas,
Chalán, y Colosó en busca de refugio, llevaban consigo lo que tenían puesto y
lo poco que pudieron salvar, en ese momento lo único que querían era correr por
sus vidas. Un habitante de Chengue de quien se omite su nombre por su expresa
petición, contó que a las ocho de la mañana mientras el caos aun reinaba en el
corregimiento cerca de ochenta guerrilleros del frente 37 de las FARC
ingresaron al caserío, miraron quiénes eran los muertos, contaron cuántas casas
fueron quemadas y se fueron[6]
A
las ocho y veinte de la mañana, una llamada de la Policía Nacional a la Base de
la Primera Brigada de Infantería de Marina
con sede en Corozal Sucre,
alertó de unas casas quemadas en el corregimiento de Chengue. De inmediato,
desde la central de comunicaciones el Capitán de Corbeta Álvaro Jiménez Julíao
Comandante del Batallón de contraguerrilla No. 31 ordenó al Teniente de
Infantería de Marina Javier Tovar Plazas que se desplazara con su unidad Dragón
desde el corregimiento de Pijigüay, donde estaba, hasta el corregimiento de
Chengue[7],
un largo camino esperaba al Teniente y a los infantes de marina bajo su mando.
A las ocho y treinta minutos de la mañana el teniente Tovar inició su
desplazamiento hacia Chengue[8].
El terreno era montañoso, con muchos arroyos, barrancos y zanjas donde el
peligro de un ataque de la guerrilla o de las autodefensas ilegales contra la
unidad militar era latente. Hasta ese momento la tropa sólo sabía de la quema
de algunas casas.
Desde
la base de la Infantería de Marina en Corozal el Comandante del Batallón de
Fusileros No 5 Capitán de Fragata Oscar Eduardo Saavedra Calixto, ordenó el
desplazamiento a Chengue de los helicópteros ARC 204 y ARC 216 de la Aviación
Naval para verificar y confirmar la información de una posible incursión de autodefensas
ilegales en Chengue, los helicópteros salieron aproximadamente a las ocho y
cuarenta y cinco minutos de la mañana, después de cargar combustible en el
aeropuerto las Brujas de Corozal.
A
las nueve y diez minutos los dos helicópteros sobrevolaron el destruido
caserío, el Teniente de fragata Omar Francisco García Chica piloto del ARC 216,
su copiloto el Teniente de Navío Cesar Augusto Saavedra y la tripulación del
ARC 204 el teniente de Navío Rodolfo
Garzón y su copiloto el Teniente de Navío Alberto Godoy Díaz Granados, vieron como
algunos ranchos fueron quemados, una espesa columna de humo se levantaba como
señal de lo ocurrido, hacía el oriente
un grupo de por lo menos cien desplazados iba en busca de refugio en los corregimientos el Salitral y Don
Gabriel. Él sobrevuelo continuó luego hacia el occidente, en el corregimiento de Macayepo una casa ardía
y en la carretera dos camiones y dos camionetas iban con otro grupo de
desplazados de Chengue en busca de un lugar seguro[9].
Y
mientras desde el aire los pilotos de la Armada se hacían una idea general de lo sucedido, la
guerrilla de las FARC ya estaba enterada de todo, a las nueve y treinta y siete
minutos de la mañana el departamento de inteligencia de la Infantería de Marina
interceptó por la frecuencia radial
6.452.0 una comunicación de la
guerrilla en la que Gustavo Rueda
Díaz alias “Martín Caballero” jefe del
frente 37 de las FARC, hablaba con otros guerrilleros, alias “Holanda” y “Orejas”, sobre lo que había
pasado en Chengue. En la comunicación el guerrillero daba algunas instrucciones
para seguir al grupo que atacó Chengue y la urgencia de denunciar ante la
fiscalía y ante organismos de derechos humanos la masacre. La siguiente es la
trascripción textual de algunos apartes de la comunicación que tuvo una
duración de seis minutos:
- Martín: “De parte de paramilitares y…bueno se desconocen y ahí en
Chengue y Don Gabriel, se desconoce él numero de muertos y como que están
quemando esos pueblitos erre”.
- Holanda: “A erre, si yo ahí, El Gordito salió pa´ allá, entonces yo le dije para que le
dijera”.
- Martín: “Erre, pero que si
en este momento puede llamar entonces que
llame pues”.
-
Holanda: *** (Ruido)
- Martín: “Por ahí ya más gente le están saliendo al... a
atajarlos y darles balín entonces por ahí, mejor dicho, por un lado
dándoles balín y por otro lado entonces que llamen a la Procuraduría, Fiscalía,
Derechos Humanos y toda esa vaina y denunciar, y que eso es en coordinación ahí
con el Bafin 5[10] erre”.
-
Holanda: ***
- Martín: “Bueno ahí te dejo la muchacha y entonces si hay algún
intercambio podemos darles un horario pa´ la tarde oyó”.
-
Holanda: “¿A las doce?”.
-
Martín: “Erre”.
-
Holanda: “Ah bueno”.
-
Martín: “Bueno está bien aquí le
paso la muchacha”.
-
Holanda: “Erre”.
-
Martín: “Holanda, Holanda”.
-
Orejas: ***
-
Martín: “Holanda”.
-
Orejas: “siga”.
-
Martín: “Orejas”.
-
Orejas: “Siga”.
-
Martín: “Buenos días”.
-
Orejas: “Buenos días, ¿cómo le
va?”.
-
Martín: “Bueno bien alegrándome,
¿cómo le fue?”.
- Orejas: “Bueno ahí regular ahí… más bien pues mal”.
Una
hora y media después de su llegada al área y de revisar palmo a palmo las
posibles rutas de escape del grupo de asesinos, los helicópteros salieron del
área y se dirigieron a cargar combustible, eran las diez y cincuenta minutos de
la mañana cuando los helicópteros aterrizaron en el aeropuerto de Corozal.
Por
tierra las operaciones continuaron, a las once de la mañana después de cruzar
la cima de la Serranía de San Jacinto la Compañía Dragón llegó al corregimiento
el Salitral ubicado a 8 kilómetros al oriente de Chengue, la tropa ya sabía de
la masacre, minutos antes se cruzaron
en el sitio los números con un grupo de desplazados que narraron lo sucedido.
Los soldados aceleraron el paso pero al salir del salitral por la vía del
cementerio tuvieron que parar, un grupo
de campesinos advirtió a la tropa sobre la posible presencia de minas en la
vía, la tropa revisó y al no encontrar minas retomó el camino. A menos de un
kilómetro de Chengue los ochenta Infantes de Marina fueron atacados con ráfagas
de fusil desde la parte alta de la carretera por los guerrilleros que sobre las
ocho de la mañana estuvieron en el corregimiento, la patrulla pidió por radio
apoyo aéreo.
A
las doce y quince minutos del medio día, los dos helicópteros después de
tanquear y recoger al Comandante del Batallón de Fusileros No5 Capitán de
Fragata Oscar Eduardo Saavedra y el Teniente de Navío Henry Peña jefe de
Operaciones, salieron nuevamente hacía Chengue para apoyar a las unidades de
tierra que estaban siendo atacadas. Quince minutos después los helicópteros
llegaron al área, el ARC 204 y el ARC 216 al ver que las tropas eran atacadas tomaron posición de combate, más de
ochenta proyectiles de veinte mm fueron disparados en ráfaga hacía el lado oeste
de la carretera entre el Salitral y
Chengue, el ametrallamiento logra su objetivo, los guerrilleros huyeron por la
parte más boscosa de la montaña.
A
la una y media de la tarde y escoltadas por los helicópteros las primeras
tropas de tierra ingresaron al casco urbano de Chengue, al llegar encontraron
los cuerpos de veinticuatro hombres amontonados en la plaza principal,
veintidós casas incineradas, sesenta parcialmente quemadas y centenares de
personas desplazándose a poblaciones cercanas, ya no quedaba casi nadie en el
pueblo. Cuarenta y cinco minutos más
tarde llegaron, tres helicópteros Black Hawk de la Fuerza Aérea, dos de
transporte de tropa y uno artillado, para apoyar las operaciones de persecución
de la columna paramilitar, estos helicópteros pusieron en retirada a los
guerrilleros del frente 37 de las FARC que sobre las cuatro y media de la tarde
volvieron a atacar la compañía dragón que ya estaba en Chengue.
A las seis de la tarde con el retorno de la tranquilidad por la
presencia por aire y tierra de la Infantería de Marina, el secretario de la
personería de Ovejas recogió en un camión de la alcaldía del mismo municipio
los cuerpos de las víctimas y los
trasladó a la cabecera municipal para que la Fiscalía realizara las actas de
levantamientos, casi 14 horas después de la masacre no se sabía la suerte
corrida por Videncio, Pedro y los cuatro menores de edad.
Ningún
periodista llegó a Chengue ese miércoles pero la noticia desde las 10 de la
mañana era difundida mundialmente y los diarios colombianos preparaban su
edición del día jueves con la masacre de Chengue como noticia de primera
página. El horror había terminado, la muerte era noticia y la persecución de
los asesinos estaba en marcha.
[2]
El relato esta basado en el testimonio de una de las hijas del señor Néstor
Montes Meriño entrevistada en la ciudad de Sincelejo.
[3]
Este relato y los siguientes de esta
crónica están basados en la declaración que hizo ante la fiscalía, un miembro de las autodefensas ilegales que
participó en la masacre. También se sustenta en entrevistas realizadas a
supervivientes en los municipios de Ovejas y Sincelejo y en documentos de la
Armada Nacional, el Ministerio de Defensa y artículos de prensa nacionales y
regionales.
[4]
Esto lo aseguraron dos lideres de la comunidad de Chengue ante el consejo
extraordinario de seguridad realizado en la ciudad de Sincelejo el 23 de Enero
de 2001 presidido por el Vicepresidente de la República Gustavo Bell Lemus
[5]
La almádana es un mazo de hierro con mango largo y delgado, utilizado por los
obreros de la construcción para romper vías o muros de concreto.
[6]
Esto también lo contaron varios habitantes de Chengue a la primera unidad militar que llegó después de la
masacre. (Ver Anexo 1)
[7]
Pijigüay pertenece al municipio de Ovejas. Esta ubicado en el lado oriental de
la serranía de San Jacinto separado por una inclinada colina de Chengue, que
está en el costado occidental de la misma Serranía.
[8]
Según la información contenida en el anexo 1.
[9] Ver informe
de las tripulaciones de los helicópteros ARC 204 y 216 en los anexos 2-1 y
2-2.
[10] Batallón de
Infantería de Marina No 5.








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