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jueves, 5 de abril de 2012

CHENGUE CRÓNICA DE UNA BARBARIE


           CHENGUE

          1
            
         EN LA MONTAÑA DEL OLVIDO


Chengue no aparece en el mapa de Colombia y su corta extensión apenas le alcanza, para ser un pequeño punto perdido en los límites de los Departamentos de  Sucre y Bolívar en el norte de Colombia. Para llegar a sus calles existe una tortuosa trocha de cincuenta kilómetros que parte  del municipio de  Ovejas, un pueblo enclavado en la inmensidad de los Montes de María, cadena montañosa que se extiende caprichosamente en medio de gigantescas sabanas y ciénagas.

Por esa autopista del olvido que lleva a Chengue sólo se puede transitar en jeep. En verano el terreno se agrieta por el incesante calor, huecos que asemejan cráteres y rocas que parecen montañas amenazan en cada curva con volcar los vehículos. En invierno las circunstancias cambian pero las amenazas no, la arcillosa trocha se transforma por las lluvias en un gigantesco lodazal donde la doble tracción de los camperos es ayudada con cadenas amarradas a las llantas para doblegar los cientos de toneladas de pantano que convierten la vía en una inmensa pista de patinaje.

Este era un pueblo tranquilo con el colorido característico de las poblaciones de la costa Atlántica, donde el porro un pegajoso y cadencioso ritmo nacido en estas tierras, animaba las parrandas junto al vallenato. Estadísticas manejadas por el DANE dicen que para enero de 2001, Chengue tenía en la cabecera urbana unas noventa viviendas y cerca de mil habitantes que día a día laboraban arrancándole a la tierra el sustento para sus familias, bajo un inclemente sol tropical que a la sombra marca treinta y tres grados centígrados.

Por la fertilidad esta fue una tierra de agricultores: maíz, ñame, yuca y el fruto estrella de la zona, el aguacate famoso por su tamaño y dulzura se daban por toneladas. Cifras del año 2000 de la alcaldía de Ovejas, municipio al que pertenece el corregimiento de Chengue, indica que al año se producían diez millones de aguacates, treinta mil toneladas de maíz, cuatrocientas veinte hectáreas de ñame y doscientas sesenta hectáreas de yuca.

La infraestructura de servicios en la zona era limitada, el caserío contaba con servicio de energía pero el agua para consumo la sacaban de un pozo, había una escuela y un pequeño puesto de salud. Más, no tenían, sólo las promesas de pavimentación de vías, mayor cobertura en salud, educación y empleo de políticos en campaña que después de las elecciones jamás volvían.

En Chengue, llover es sinónimo de diluvio y  los fuertes chaparrones daban pie a una particular costumbre, con las primeras gotas niños y adultos caminaban a campo abierto para recibir sobre sus humanidades el torrencial aguacero; decían los más viejos, que los millones de gotas golpeando sobre sus espaldas y rostros, eran el bálsamo mágico que mantenía su envidiable fortaleza física.

Cuando hace calor la temperatura no baja de cuarenta grados centígrados, las hojas de los árboles de roble y las palmeras no se mueven un ápice, el sopor que invade el cuerpo es un reto al trabajo, pero para enero de 2000 nadie paraba; había cercas que levantar, cultivos que arar y ganado que alimentar.

Este corregimiento era un reflejo del ritmo de vida que hay en muchos poblados de Colombia donde no existe él agite de las grandes ciudades. El  comercio era escaso, sólo había un teléfono que la mayor parte del tiempo tenía la línea muerta o congestionada, había más bares y cantinas que parques, el gas domiciliario era un sueño y la única  iglesia se quedaba pequeña para la masiva concurrencia a la homilía de los domingos. Chengue era un pueblo construido en medio de la adversidad y de la nada por personas humildes que vieron en esa montaña un paraíso donde realizar parte de sus sueños.
De lejos al golpe de vista las noventa casas asemejaban un viejo pesebre, sin mula porque aquí reinaba la burra y  sin buey porque el arado se hacía a golpe de riñón. De cerca el panorama era pintoresco, los ranchos tenían paredes de cañabrava, tabla y bahareque recubiertas con pañete, un material de revoque hecho con barro y estiércol de buey. Las ventanas eran armadas con retales de madera y  los techos eran una mezcla de hojas de palma con la brillante y sofocante presencia del zinc. La escuela tenía más espacio y alumnos que ayudas pedagógicas y todo el pueblo estaba invadido por un ejército de chivos, gallinas, cerdos y burras que no sabían de cercas o propiedad privada.

Así era Chengue, un pueblo más cercano al realismo mágico que a la modernidad de un siglo que llegó con la premisa de construir estaciones espaciales. Sus pobladores eran los mismos de siempre, descendientes de los primeros colonos que hace más de un siglo llegaron a romper monte para construir sus parcelas, a través del tiempo los López y Oviedo le quitaron a la Serranía de San Jacinto unas cuantas hectáreas para vivir y cultivar. Aquí tuvieron hijos, abrieron trochas y aprendieron el valor de lo propio. Trabajaban mucho y hablaban poco, ¡el aire caliente cortaba la lengua como una filosa navaja!.

Los Chengueros[1] eran felices de lo que tenían, de cómo vivían  y donde lo hacían, cada día para ellos era igual: arar, cultivar y recoger cosechas, pero tenían un lunar, la presencia de guerrilleros de los 35 y 37 frentes de las FARC, sumados a pequeños grupos del ELN y ERP, que repetidamente pasaban por sus polvorientas calles, la presencia de estos grupos sería la causa de  la peor pesadilla vivida por estos labriegos. La mayoría la noche del 16 de enero de 2001 se acostaron con sus mentes puestas en las cosechas de maíz y aguacate que recogerían al día siguiente, pero por cuenta de la barbarie al amanecer  en vez de frutos, recogieron muertos.

     
                                          
        
                                              


                                                  2

                         LA ALMÁDENA DE LA MUERTE


El martes 16 de enero de 2001 la tranquilidad de Chengue se rompió, en las primeras horas de una soleada mañana una caravana de camperos procedentes de los vecinos municipios de Chalán, Colosó y Ovejas llegó a sus calles, de los empolvados vehículos descendieron cerca de 40 labriegos que venían en busca de trabajo en las fincas de la zona donde se recogía la primera cosecha de aguacate y maíz del año, para los recién llegados ante la escasez de fuentes de empleo en la zona, Chengue eran la única  solución para sus problemas laborales y económicos.

La pequeña plaza del corregimiento era un hervidero humano, cerca de veinte mayordomos escogían entre más de cuatrocientos labriegos los que a su vista- cargada de experiencia- parecían más trabajadores y menos haraganes. La paga ofrecida no era mala, quince mil pesos diarios más comida y dormida en las ramadas de las fincas. La máxima ley del capitalismo de la oferta y la demanda brilló en  todo su esplendor durante el día en el pequeño corregimiento, al filo de la tarde cerca de  150 foráneos fueron contratados para apoyar a los trabajadores permanentes en la recolección de la cosecha al día siguiente.

Entre ese mar de personas estaba el chenguero Néstor Montes Meriño de 65 años quien tenía una pequeña parcela sembrada con maíz en las afueras del pueblo, El no vivía en el corregimiento, desde hacía dieciocho años se había ido para Sincelejo con toda su familia, pero su espíritu de agricultor enseñado a labrar la tierra no le permitía olvidarse de su pequeña parcela.

Néstor llegó a Chengue  el  día anterior, saludó algunos amigos, recogió las trazas de maíz de su parcela y trato de regresar inmediatamente a Sincelejo pero un inconveniente de última hora lo impidió, no le pagaron un dinero que  había prestado, le tocó quedarse[2].

Por eso estaba ese martes en la plaza principal pero el dinero de la deuda siguió sin aparecer, fruto de la casualidad o del infortunio, Néstor Montes tuvo que volver a aplazar su regreso a Sincelejo, bastante molesto por el incumplimiento le dijo a su deudor que sólo le daba un día más de plazo, malhumorado y  sin despedirse se refugio en su rancho, selló los bultos de maíz que había recogido, hizo algunas cuentas y decidió acostarse. “Me voy a las ocho de la mañana así no me paguen, eso me pasa por prestar dinero a personas de poca confianza”. Fue su último pensamiento antes de apagar la luz del humilde rancho. Nadie se imaginaba que esa noche, los negros nubarrones de la barbarie se acercaban por entre las trochas al corregimiento.

Cuarenta kilómetros al occidente de Chengue está el municipio de San Onofre, ubicado al costado izquierdo de la troncal de oriente entre las ciudades de Sincelejo y Cartagena. Ya había llegado la noche, las sombras invadían cada rincón de la población de 49 mil habitantes, quienes en su gran mayoría disfrutaban a esa hora  de la tenue brisa de enero. A  diez kilómetros del pueblo, en la finca El Palmar o El Caucho como también se le conoce, un grupo de 80 miembros de las Autodefensas ilegales que vestían prendas de uso privativo de las Fuerzas Militares y fuertemente armados se aprestaban a abordar tres camiones tipo estacas. Siendo las 6:45, se dirigieron hacia San Onofre, cruzaron por el medio del pueblo y cuando tomaron la troncal del oriente rumbo hacia el corregimiento de Chinulito, tropezaron con un reten de la policía, nadie detuvo su paso, siguieron sin ningún contratiempo. Veinte eran de la zona, los demás fueron traídos del departamento de Córdoba con la supuesta misión de atacar a un grupo de guerrilleros de las FARC, quienes presuntamente vivían infiltrados como campesinos en el corregimiento de Chengue[3].

Entre el grupo iba Nidia Beatriz Velilla  alias “Beatriz”, una enfermera que perteneció a las FARC por ocho años pero desertó y se unió a las autodefensas cuando su esposo aparentemente la acusó ante el bloque Caribe de robarse un dinero fruto de varias extorsiones. Por esa acusación Gustavo Rueda Díaz alias “Martín Caballero” jefe del frente 37 le puso precio a su cabeza.

Después de veinte minutos de viaje por la troncal del oriente el grupo de autodefensas ilegales llegó a la finca “Las Melenas” donde recogieron a otros treinta hombres, luego reanudaron la marcha hasta el caserío de Chinulito, un pequeño pueblo fantasma ubicado entre San Onofre y Tolú Viejo abandonado por sus moradores meses atrás por las amenazas e incursiones de la guerrilla que constantemente saqueaba las humildes viviendas. Allí los tres vehículos salieron de la carretera a mano izquierda y se dirigieron por una trocha hacía Macayepo otro pequeño caserío hasta donde podían transitar. Al acabarse la vía el grupo ilegal siguió su marcha  a pie y después de casi dos horas llegaron sin que nadie se percatara a las fueras de Chengue al filo de las once de la noche, alias “Juancho” uno de los cabecillas ordenó  al grupo descansar escondidos entre la maleza y esperar ordenes.

Cuando el reloj marcaba las cuatro de la mañana los hombres de Carlos Castaño se levantaron y en menos de diez minutos rodearon el pueblo, con gritos y patadas en las puertas de las casas despertaron a los sorprendidos y asustados moradores, les dieron menos de diez minutos para salir de sus camas y reunirse en la plaza principal. Quienes alcanzaron a ver  por entre las ranuras de las puertas que había sujetos armados en sus calles no lo pensaron dos veces, se pusieron lo primero que encontraron y por entre la maleza huyeron despavoridos buscando una cañada o un hueco en la tierra donde esconderse.

A Néstor Montes las patadas y los gritos lo despertaron de tajo, el que solo se quedó en Chengue para cobrar una deuda, ahora se dirigía bajo la amenaza de un fusil apuntando a su espalda hacia la plaza principal donde supuestamente revisarían sus antecedentes en un computador portátil que las autodefensas ilegales habían encontrado en una de las casas y pertenecía a la guerrilla. Caminaba tranquilo- contaron meses después sus familiares - decía que nada temía porque era un ignorante que no sabía ni de guerrilla ni de paramilitares, estaba equivocado en  su inocente sabiduría ancestral, más ignorantes que él, eran los hombres que a la fuerza lo sacaron de su rancho.

Llamando con nombres propios el grupo ilegal reunió a veinticinco hombres y los llevó a la plaza principal[4], donde alias “Beatriz” dictó sentencia de muerte sobre ellos acusándolos de ser auxiliadores de la guerrilla. Para el grupo de autodefensas ilegales, las afirmaciones de esta ex guerrillera fueron suficiente prueba  para asesinar a quienes indefensos suplicaban por sus vidas.

Según testimonios de algunos sobrevivientes quienes un año después recuerdan con horror la peor pesadilla de sus  vidas, el primero en morir fue Jaime Merino,  el ex compañero de Alias “Beatriz”, a él lo sacaron a patadas de su casa y en medio de insultos y gritos su propia esposa le pegó un tiro en la cabeza. Luego obligaron a los demás labriegos a arrodillarse y poner su cabeza sobre una piedra, para reventar sus cráneos a golpes con una almádana[5]cómo quien coge un corozo a martillazos.

Azaél López Oviedo, Luis  Hernando López Meriño de 22 años , Pedro Adán Caro, Arquímedes López Oviedo de 48 años, Alejandro Monterroza Meriño de 55 años, Rafael Romero Montes de 33 años, Darío López Meriño de 30 años, Juan Barreto, Santander López Oviedo, Videncio Quintana Meza de 65 años, Mario Quintana Barreto de 24 años, Néstor Meriño Caro, Jaime Meriño Ruiz de 50 años, Giovanni Barreto de 30 años, Guillermo Martínez, Dairo Morales Díaz de 43 años , Rubén Barreto Oviedo de 40 años, Andrés Meriño Mercado, Cristóbal Meriño Mercado de 22 años, Luis Pérez de 22 años, Luis Enrique Olivera, Gildardo Arias y  Rusbel Oviedo Barreto de 28 años a quien su padre Enrique trato de defender bloqueando con un palo la entrada a su casa. Él esfuerzo fue inútil, de un golpe los asesinos tumbaron la puerta y sacaron a empellones a su hijo. Uno de los últimos en morir machacado fue Néstor Montes Meriño, la barbarie le quitó la vida y frenó en seco su deseo de abrir nuevos sembradíos de aguacate, ñame y yuca para ayudar a sus seis hijos y catorce nietos. La confianza fue su peor aliada.

Los hermanos Juan Carlos y Elkin Martínez Oviedo de 26 y 22 años de edad y su vecino Cesar Meriño Mercado de 62 años murieron por solidarios, según narró Adalberto Martínez, papá de los dos jóvenes:

“Nosotros vivíamos en la finca Las Miradas  a mas o menos un kilómetro de Chengue, como a las cuatro de la mañana sentimos un alboroto en el pueblo, nos levantamos y observamos como las llamas consumían las casas de bahareque y palma, la primera impresión que tuvimos fue que Chengue se estaba incendiando y mis hijos salieron para ayudar a apagar el fuego. Que cosas que tiene la vida, se fueron a ayudar y encontraron la muerte”.

A las cinco de la mañana después de una hora de  barbarie y sevicia, veintiocho cuerpos sin vida estaban regados por el pueblo. El horror no paró allí, las autodefensas ilegales en su huida, quemaron veintiséis ranchos y  destruyeron con un mazo el único teléfono que había, eran las seis de la mañana cuando se fueron llevando como rehenes a Videncio Quintana Barreto, Pedro Arias Barreto y cuatro menores de edad, atrás solo dejaron horror, desolación y muerte. Huyeron en silencio, la mayoría sólo quería poner tierra de por medio del lugar donde dejaron decenas de viudas y huérfanos.





                                                      3
         

                             LAS HUELLAS DE LA BARBARIE                      



El amanecer del miércoles 17 de enero de 2001 fue  particularmente oscuro y triste, el radiante sol de esta tierra no salió como todos los días, una extraña oscuridad se apoderó del destruido y desolado caserío mientras el desgarrador llanto de las viudas y huérfanos, se convertía en un  eco lleno de dolor que inundaba las silenciosas montañas de los Montes de María.

Cuando la luz empezó a colarse por entre los árboles, aparecieron como  sombras quienes lograron huir en medio de la orgía de sangre, en ese momento no eran seres humanos, parecían espectros atrapados por el dolor caminando cómo zombis por entre los escombros de sus casas y los despojos mortales de sus seres queridos, caminaban con temor, sigilosos como la serpiente que se esconde de sus cazadores para evitar la muerte.

Chengue no era el mismo, en dos horas los asesinos aniquilaron cuatros generaciones de tres familias y dejaron en cenizas el sustento de un millar de personas. El panorama era terrible, en la plaza en una pequeña terraza había diecisiete cuerpos  y siete  más estaban tirados cerca al puesto de salud.

Con el paso de los minutos más campesinos aparecieron en las bocacalles del pueblo, unos corrían desesperados a recoger los cuerpos destrozados de sus familiares, otros trataban de buscar bajo las latas retorcidas  y trozos de palos humeantes, que hasta hace un par de horas eran sus casas, algo que hubiera quedado bueno después del demencial ataque, muy pocas cosas se salvaron, lo único que encontraron fue grafitos donde sus asesinos, los sentenciaban: “Beatriz”, “salgan guerrilleros HPS”.

Quienes no tenían familia en el pueblo se fueron rumbo a los municipios de Ovejas, Chalán, y Colosó en busca de refugio, llevaban consigo lo que tenían puesto y lo poco que pudieron salvar, en ese momento lo único que querían era correr por sus vidas. Un habitante de Chengue de quien se omite su nombre por su expresa petición, contó que a las ocho de la mañana mientras el caos aun reinaba en el corregimiento cerca de ochenta guerrilleros del frente 37 de las FARC ingresaron al caserío, miraron quiénes eran los muertos, contaron cuántas casas fueron quemadas y se fueron[6]
A las ocho y veinte de la mañana, una llamada de la Policía Nacional a la Base de la Primera Brigada de Infantería de Marina  con sede en  Corozal Sucre, alertó de unas casas quemadas en el corregimiento de Chengue. De inmediato, desde la central de comunicaciones el Capitán de Corbeta Álvaro Jiménez Julíao Comandante del Batallón de contraguerrilla No. 31 ordenó al Teniente de Infantería de Marina Javier Tovar Plazas que se desplazara con su unidad Dragón desde el corregimiento de Pijigüay, donde estaba, hasta el corregimiento de Chengue[7], un largo camino esperaba al Teniente y a los infantes de marina bajo su mando. A las ocho y treinta minutos de la mañana el teniente Tovar inició su desplazamiento hacia Chengue[8]. El terreno era montañoso, con muchos arroyos, barrancos y zanjas donde el peligro de un ataque de la guerrilla o de las autodefensas ilegales contra la unidad militar era latente. Hasta ese momento la tropa sólo sabía de la quema de algunas casas.

Desde la base de la Infantería de Marina en Corozal el Comandante del Batallón de Fusileros No 5 Capitán de Fragata Oscar Eduardo Saavedra Calixto, ordenó el desplazamiento a Chengue de los helicópteros ARC 204 y ARC 216 de la Aviación Naval para verificar y confirmar la información de una posible incursión de autodefensas ilegales en Chengue, los helicópteros salieron aproximadamente a las ocho y cuarenta y cinco minutos de la mañana, después de cargar combustible en el aeropuerto las Brujas de Corozal.
A las nueve y diez minutos los dos helicópteros sobrevolaron el destruido caserío, el Teniente de fragata Omar Francisco García Chica piloto del ARC 216, su copiloto el Teniente de Navío Cesar Augusto Saavedra y la tripulación del ARC 204  el teniente de Navío Rodolfo Garzón y su copiloto el Teniente de Navío Alberto Godoy Díaz Granados, vieron como algunos ranchos fueron quemados, una espesa columna de humo se levantaba como señal de lo ocurrido, hacía el oriente  un grupo de por lo menos cien desplazados  iba en busca de refugio en los corregimientos el Salitral y Don Gabriel. Él sobrevuelo continuó luego hacia el occidente, en  el corregimiento de Macayepo una casa ardía y en la carretera dos camiones y dos camionetas iban con otro grupo de desplazados de Chengue en busca de un lugar seguro[9].

Y mientras desde el aire los pilotos de la Armada se hacían  una idea general de lo sucedido, la guerrilla de las FARC ya estaba enterada de todo, a las nueve y treinta y siete minutos de la mañana el departamento de inteligencia de la Infantería de Marina interceptó  por la frecuencia radial 6.452.0 una comunicación  de la guerrilla en la que  Gustavo Rueda Díaz  alias “Martín Caballero” jefe del frente 37 de las FARC, hablaba con otros guerrilleros, alias  “Holanda” y “Orejas”, sobre lo que había pasado en Chengue. En la comunicación el guerrillero daba algunas instrucciones para seguir al grupo que atacó Chengue y la urgencia de denunciar ante la fiscalía y ante organismos de derechos humanos la masacre. La siguiente es la trascripción textual de algunos apartes de la comunicación que tuvo una duración de seis minutos:


- Martín:          “De parte de paramilitares y…bueno se desconocen y ahí en Chengue y Don Gabriel, se desconoce él numero de muertos y como que están quemando esos pueblitos erre”.

- Holanda:        “A erre, si yo ahí, El Gordito salió pa´  allá, entonces yo le dije para que le dijera”.

- Martín:          “Erre, pero que si en este momento puede llamar entonces que  llame pues”.

- Holanda:        *** (Ruido)

- Martín:          “Por ahí ya más gente le están saliendo al...  a  atajarlos y darles balín entonces por ahí, mejor dicho, por un lado dándoles balín y por otro lado entonces que llamen a la Procuraduría, Fiscalía, Derechos Humanos y toda esa vaina y denunciar, y que eso es en coordinación ahí con el Bafin 5[10] erre”.

- Holanda:        ***

- Martín:          “Bueno ahí te dejo la muchacha y entonces si hay algún intercambio podemos darles un horario pa´ la tarde oyó”.

- Holanda:        “¿A las doce?”. 

- Martín:          “Erre”.

- Holanda:        “Ah bueno”.

- Martín:          “Bueno está bien aquí le paso la muchacha”.

- Holanda:        “Erre”.

- Martín:          “Holanda, Holanda”.

- Orejas:          ***

- Martín:          “Holanda”.

- Orejas:          “siga”.

- Martín:          “Orejas”.

- Orejas:          “Siga”.

- Martín:          “Buenos días”.

- Orejas:          “Buenos días, ¿cómo le va?”.

- Martín:          “Bueno bien alegrándome, ¿cómo le fue?”.

- Orejas:          “Bueno ahí regular ahí… más bien pues mal”.



Una hora y media después de su llegada al área y de revisar palmo a palmo las posibles rutas de escape del grupo de asesinos, los helicópteros salieron del área y se dirigieron a cargar combustible, eran las diez y cincuenta minutos de la mañana cuando los helicópteros aterrizaron en el aeropuerto de Corozal.

Por tierra las operaciones continuaron, a las once de la mañana después de cruzar la cima de la Serranía de San Jacinto la Compañía Dragón llegó al corregimiento el Salitral ubicado a 8 kilómetros al oriente de Chengue, la tropa ya sabía de la masacre,  minutos antes se cruzaron en el sitio los números con un grupo de desplazados que narraron lo sucedido. Los soldados aceleraron el paso pero al salir del salitral por la vía del cementerio  tuvieron que parar, un grupo de campesinos advirtió a la tropa sobre la posible presencia de minas en la vía, la tropa revisó y al no encontrar minas retomó el camino. A menos de un kilómetro de Chengue los ochenta Infantes de Marina fueron atacados con ráfagas de fusil desde la parte alta de la carretera por los guerrilleros que sobre las ocho de la mañana estuvieron en el corregimiento, la patrulla pidió por radio apoyo aéreo.

A las doce y quince minutos del medio día, los dos helicópteros después de tanquear y recoger al Comandante del Batallón de Fusileros No5 Capitán de Fragata Oscar Eduardo Saavedra y el Teniente de Navío Henry Peña jefe de Operaciones, salieron nuevamente hacía Chengue para apoyar a las unidades de tierra que estaban siendo atacadas. Quince minutos después los helicópteros llegaron al área, el ARC 204 y el ARC 216 al ver que las tropas eran  atacadas tomaron posición de combate, más de ochenta proyectiles de veinte mm fueron disparados en ráfaga hacía el lado oeste de la  carretera entre el Salitral y Chengue, el ametrallamiento logra su objetivo, los guerrilleros huyeron por la parte más boscosa de la montaña.

A la una y media de la tarde y escoltadas por los helicópteros las primeras tropas de tierra ingresaron al casco urbano de Chengue, al llegar encontraron los cuerpos de veinticuatro hombres amontonados en la plaza principal, veintidós casas incineradas, sesenta parcialmente quemadas y centenares de personas desplazándose a poblaciones cercanas, ya no quedaba casi nadie en el pueblo.  Cuarenta y cinco minutos más tarde llegaron, tres helicópteros Black Hawk de la Fuerza Aérea, dos de transporte de tropa y uno artillado, para apoyar las operaciones de persecución de la columna paramilitar, estos helicópteros pusieron en retirada a los guerrilleros del frente 37 de las FARC que sobre las cuatro y media de la tarde volvieron a atacar la compañía dragón que ya estaba en Chengue.  

 A las seis de la tarde  con el retorno de la tranquilidad por la presencia por aire y tierra de la Infantería de Marina, el secretario de la personería de Ovejas recogió en un camión de la alcaldía del mismo municipio los cuerpos de las víctimas  y los trasladó a la cabecera municipal para que la Fiscalía realizara las actas de levantamientos, casi 14 horas después de la masacre no se sabía la suerte corrida por Videncio, Pedro y los cuatro menores de edad.

Ningún periodista llegó a Chengue ese miércoles pero la noticia desde las 10 de la mañana era difundida mundialmente y los diarios colombianos preparaban su edición del día jueves con la masacre de Chengue como noticia de primera página. El horror había terminado, la muerte era noticia y la persecución de los asesinos estaba en marcha.

    


1 Gentilicio de los nacidos allí
[2] El relato esta basado en el testimonio de una de las hijas del señor Néstor Montes Meriño entrevistada en la ciudad de Sincelejo.
[3] Este relato  y los siguientes de esta crónica están basados en la declaración que hizo ante la fiscalía, un  miembro de las autodefensas ilegales que participó en la masacre. También se sustenta en entrevistas realizadas a supervivientes en los municipios de Ovejas y Sincelejo y en documentos de la Armada Nacional, el Ministerio de Defensa y artículos de prensa nacionales y regionales.
[4] Esto lo aseguraron dos lideres de la comunidad de Chengue ante el consejo extraordinario de seguridad realizado en la ciudad de Sincelejo el 23 de Enero de 2001 presidido por el Vicepresidente de la República Gustavo Bell Lemus
[5] La almádana es un mazo de hierro con mango largo y delgado, utilizado por los obreros de la construcción para romper vías o muros de  concreto.
[6] Esto también lo contaron varios habitantes de Chengue a la primera  unidad militar que llegó después de la masacre. (Ver Anexo 1)
[7] Pijigüay pertenece al municipio de Ovejas. Esta ubicado en el lado oriental de la serranía de San Jacinto separado por una inclinada colina de Chengue, que está en el costado occidental de la misma Serranía.
[8] Según la información contenida en el anexo 1.
[9] Ver informe de las tripulaciones de los helicópteros ARC 204 y 216 en los anexos 2-1 y 2-2. 
[10] Batallón de Infantería de Marina No 5.

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