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martes, 17 de abril de 2012

POPEYES DE RIO



                                   POPEYE EL MARINO SOY


Cuando el Congreso de la República aprobó el artículo 40, del Decreto Ley 1790 de 2000, para darle facultades al Comandante de la Armada para escalafonar por una sola vez a los pilotos fluviales, los congresistas es posible que no se percataron del acto de justicia que acababan de hacer, estos hombres, civiles al servicio de la Armada Nacional llevaban toda su vida arriesgando su integridad navegando por los ríos del país.

Navegar por los ríos colombianos y en especial por gigantes como el Amazonas o el Putumayo, es adentrarse hacia lo inesperado, los accidentes naturales, los peligros de la selva y la amenaza del terrorismo, siempre están latentes, para producir un incidente sin previo aviso y es que sólo la Amazonía colombiana con su más de medio millón de kilómetros cuadrados es casi igual a España o diez veces mayor que Holanda, El Salvador o Ecuador.
 
El viernes 28 de septiembre de 2007, el campo de paradas de la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina en Coveñas Sucre, se empezó a llenar de visitantes muy temprano, la razón, un evento histórico que iba a ocurrir sobre las once de la mañana. Las más de trescientas  personas que se agolpaban en la pequeña tribuna, poco se preocupaban de estar apretujadas o bajo el efecto de los cuarenta grados centígrados a la sombra, que había en ese momento en el ambiente... Nadie pero nadie se quería perder, el ascenso de esos veinticinco hombres, que por primera vez vestían oficialmente el uniforme blanco de la Armada Nacional e iban a recibir el grado de Suboficiales Primeros.... no por haber hecho sin darse cuenta una carrera militar con todo y tiempo de servicio, fue para reconocerles su abnegado trabajo durante buena parte de sus vidas al servicio de la Institución encargada de salvaguardar la soberanía y la paz en los ríos y mares de Colombia.

Por los ríos colombianos se puede navegar horas, días y hasta semanas y no se encuentra un caserio, una finca o un ser humano. Cualquiera que se atreva a navegar por ellos, debe conocerlos, olerlos y sentirlos, porque sino corre el riesgo de naufragar en un meandro, un raudal o en una borrasca.


Hasta antes de la decisión de premiarlos con el curso de instrucción de tres meses y el ascenso, eran civiles, de bajo salario y pocas prebendas laborales. El más joven rondaba los cuarenta años, el más veterano los cincuenta y dos, pero todos tenían un denominador común, habían dedicado mas de la mitad de su vida a servir a la Armada como pilotos fluviales. Lobos de rio que se sabían todos los secretos para navegar por la impredecible hidrografía colombiana.

Desde Leticia hasta la Pedrera, también en el Amazonas, hay cerca de 1700 kilómetros de recorrido, la interminable línea de agua esta rodeada de árboles de extensos follajes, y en sus troncos y ramas se guarecen cientos de especies animales que son una riqueza natural del país, pero para quienes se arriesgan a adentrarse en la indómita selva, son una amenaza en cada paso que se da.

Nunca habían portado un arma, mucho menos un uniforme, pero su vida siempre estuvo en constante peligro al transportar los Infantes de Marina, en las operaciones de vigilancia y control por los ríos del país, especialmente cuando las operaciones eran en la persecución de grupos ilegales o para contrarrestar los carteles del  narcotráfico y el terrorismo.

Cada uno de ellos es una bitácora ambulante, saben  todo lo que se debe saber de la navegación fluvial y eso no lo aprendieron en una universidad; se los enseñó la vida. Porque la gran mayoría escasamente alcanzaron el quinto de primaria como formación académica en su adolescencia.

Para muchos colombianos que están apostados a orillas de los ríos colombianos, los buques y barcos de la Armada Nacional, son su contacto con el mundo exterior, a ellos acuden cuando necesitan un médico, un veterinario, un ingeniero y hasta un mandado. Navegando por los ríos se pierde la noción del tiempo, el calor y la quietud invitan al sueño. Las jornadas de navegación empiezan muy temprano y terminan muy tarde, en algunas zonas las sombras de la penumbra apenas empiezan a caer sobre las ocho de la noche, más día menos sueño y más gasto de energía.

Para graduarse hicieron un curso de tres meses, en la Escuela de Formación de Suboficiales de Infantería de Marina en Coveñas Sucre, lo del curso fue mas un formalismo, porque su ascenso se lo ganaron por derecho propio, por mística y sacrificio.


La Armada Nacional como guardián de los ríos colombianos,  tiene bases y  puestos a lo largo de todos los ríos del país, en estos puestos las unidades se encargan de frenar cualquier hecho delictivo o terrorista que se vaya a perpetrar, de igual manera trabaja para brindar bienestar y tranquilidad a los habitantes de las zonas ribereñas.

Ingresar a la escuela para estos veteranos marinos pero novatos militares fue toda una odisea, acostumbrarse a la disciplina militar, a recibir ordenes  y cumplirlas, lo fue a un mas. Durante tres meses soportaron la presión permanente de sus superiores, instructores y hasta de la familia, pero ninguno fue inferior al reto, porque todos querían alcanzar la graduación que representaba, una mejor vida y un gran futuro.

Navegar por un río colombiano es estar al interior de una pintura de un paisajista famoso, mientras se navega, los bohíos y canoas indígenas marcan la ruta,  es fácil encontrar a un grupo de aborígenes pescando con red o con sus arpones listos para lanzarlos vigorosos al paso de  un grupo de piranocú, para llevar el sustento a la aldea. Son innumerables los momentos cuando los campesinos salen a saludar a la orilla del río, al escuchar la pitada  inconfundible de una embarcación de la Armada Nacional.

En los días previos a la ceremonia mientras se realizaban los ensayos, varias fueron las anécdotas vividas y muchas las poncheras que tuvieron que pagar los “nuevos” militares. (En el argot militar quien pierde algo o hace algo indebido, paga con una invitación al compañero que le recupere lo perdido o lo saque del error que esta cometiendo). En esta caso, la ponchera fue por no saber portar bien el uniforme, algunos le pusieron el tarjetero con su apellido y  el uniforme blanco no lo lleva, otros pusieron el buque que portan en el costado izquierdo del pecho mirando hacia el lado que no es, la mayoría tuvieron problemas con los pliegues del pantalón o en mantener el blanco impecable de sus zapatos.

Para el día de la ceremonia los problemas de uniforme producto de su novel vida como militares quedaron atrás, todo era felicidad, cuando a paso firme y marchando hicieron su ingreso al campo de paradas, era pequeño, pero ellos sentían que su marcha acompasada no tenía fin, quizás eran los nervios de marchar por primera vez, con la mirada cómplice de familiares y amigos  que los acompañaban desde las tribunas.


Navegar de Cartagena a Leticia tarda setenta y seis días bordeando el costado oriental de Suramérica, entre Puerto asís y  Leticia hay dos mil doscientos  kilómetros de distancia y nada hace posible pronosticar el tiempo que se gasta en ese desplazamiento, porque hay que jugar con las crecientes inesperadas y los sedimentos.

Allí en la fila, bajo el sol canicular mientras escuchaba los discursos ceremoniales, Neftalí Martínez; piloto del ARC El Chamón  recordó como llego muy niño de la mano de sus padres al Caquetá, cada salida que hizo por el rió al médico o de compras a Florencia, le sirvió para aprender los secretos del ocre río, donde por décadas ha llevado la tropa para enfrentar a los terroristas de las FARC, que han utilizado el río para trasportar secuestrados, cocaína y dolor. Neftalí es de Puerto Salgar Cundinamarca, pero conoce más el Caguan que el Magdalena y dice con orgullo que nunca se ha encallado y mucho menos ha perdido a ningún miembro de su tripulación o pasajero.

Un buen piloto fluvial sabe identificar las señales que da el río, sino hay pescadores o niños en las riberas de los ríos, hay peligro de una emboscada y si después de un buen rato navegando no sale nadie a la orilla haciendo señas para tratar de venderles algo, seguro los terroristas están cerca y también hay peligro de un ataque.

Absortos en sus recuerdos al lado del hoy Sargento Martínez estaban sus cursos (compañero de grado), Douglas Botello piloto de la PRF 320 que navega por el rio Putumayo desde Puerto Asís hasta Leticia. Dieciséis años lleva haciendo ese recorrido al igual que Misael Vargas del ARC Ocue. También estaban Franklin Gutiérrez del ARC Manacacíe, que recorre el río Orinoco en la frontera con Venezuela, Edgardo Sotelo del ARC Igaraparaná que fondea en la frontera con Brasil y Belisario Díaz Caraballo del ARC Fritzgale, un costeño de excelente puntería que fue reclutado casi a la fuerza en Leticia  para que no terminara como francotirador en las FARC.

La vida de muchos caseríos son los puestos de la Armada, por todo lado hay gente humilde tratando de ganarse la vida, de allí la importancia de la presencia permanente de la Infantería Marina para garantizarles su seguridad y tranquilidad.



Al Sargento Martínez siempre le ha tocado navegar por el rio Caguan, en medio de la amenaza permanente de las FARC, desde que llegó a los catorce  años al Caguan nunca mas volvió a salir, allí se hizo hombre , padre de familia y piloto fluvial de la Armada. Su corazón latía como una caldera a todo vapor cuando vio que se acercaba,  el Comandante de la Infantería de Marina, Brigadier General Luis Alejandro Parra Rivera. El alto oficial retiró el parche ceremonial que ocultó hasta ese momento, el nuevo y único grado de Martinez, Suboficial Primero.

Para cada uno de ellos, cada río que recorren no es mas que una trocha serpenteante e infinita, hay que diferenciar sus colores, porque hace espuma en algunas zonas o  porque los palos que van rio abajo marcan la corriente mas rápida y profunda. Ellos, sus propelas y timones han sido testigos de muchos momentos históricos para la Armada Nacional, como el 28 de junio de 1994, cuando por primera vez llegó una embarcación de la Armada al Barrancón Guaviare, cuentan que más de un indígena salió corriendo porque nunca habían visto una embarcación militar.


Solo hasta ese día,  ceremonial e inolvidable eran oficialmente militares, pero durante toda su vida, corrieron riesgos, fueron heridos en combate, salvaron vidas, sufrieron enfermedades como el paludismo, la leishmaniasis y la fiebre amarilla. (Imagínense ustedes que tan fácil puede ser, conseguir un medicamento en plena selva donde hay un caserío cada dos días de camino y si esta de buenas lo único abierto es, una cantina llena de ron y cerveza de contrabando, borrachos y prostitutas).

A muchos a lo largo de su vida les tocó ver nacer y morir pueblos, en las riberas del Putumayo, el Orinoco  o el Amazonas.... Por ejemplo en 1994 un grupo de indígenas y colonos se embarcaron por el rio Guaviare, para ir a protestar a San José, pero como el ejército los retuvo a mitad de camino durante treinta y cuatro días, los protestantes tumbaron selva y se quedaron a vivir allí, así nació Puerto Colombia, Guaviare.

Sus rasgos físicos, sus gustos y las anécdotas que han vivido como en todo gremio, han servido para “bautizarlos” con apodos; aquí hay un Popeye,  un General Mapache- por lo mandón y las ojeras pronunciadas. También está Satanás o Rosario, no diré quien es quien, pero la verdad casi todos  hacen honor a su apodo y me guardaré los apodos mas fuertes, en agradecimiento    a la generosidad que tuvieron conmigo contándome sus experiencias.

Muchas pero muchas veces estos lobos de río estuvieron en peligro de muerte, cuando llegaron por primera vez a Cartagena del Chaira en junio de 2004 las FARC los recibieron a bala, en Remolinos del Caguan fue con cilindros y en Peñas Coloradas los habitantes cerraron las puertas de todas sus casas y negocios durante una semana.

Pero quizás el trago mas amargo fue cuando llevaron las tropas de apoyo a la destruida e incendiada Base de las Delicias, el cuadro que se encontraron estaba lleno de horror por la sevicia con la que las FARC remataron a los militares. Después de la recuperación de la base muchos pensaron en pedir la baja, ante el semejante espectáculo dantesco y de horror que presenciaron.

También hay otras historias increíble como los doscientos impactos de fusil que recibió una patrullera fluvial durante un combate con las FARC en el río Caquetá, increíblemente nadie resultó herido, o los casi setenta combates diarios cuando la Infantería de Marina ingresó al corazón de las FARC, en Piñuna Negra centro del narcotráfico guerrillero en la década  de los noventa, que incluso alcanzó a tener una carretera de centenares de kilómetros en medio de la selva que los comunicaba con el Ecuador en un par de horas.

Aunque las embarcaciones de la Armada tienen su soporte tecnológico para navegar estos hombres son timón, motor y brújula a la vez, todo un combo de navegación apoyado con una cabeza llena de información y malicia. Si no supieran lo que saben, ningún GPS o satelital serviría para nada en sus navegaciones constantes por el corazón de las selvas colombianas. Su mirada es felina y precisa, con sólo ver el recorrido de un tronco por el río ya saben donde hay un peligroso pedregal, un banco de arena o un remolino.

A veces les ha tocado lidiar con oficiales que por falta de conocimiento del área dan ordenes que ponen en peligro la embarcación y a las tropas... Pero gracias a su experiencia concilian la orden y nadie corre peligro. En la soledad y la eternidad de un desplazamiento de dos mil doscientos kilómetros entre Puerto Asís y Leticia, escuchan por ratos emisoras clandestinas de las FARC que a ratos pasan buenos corridos y vallenatos.

Lo que saben no se aprende en ninguna universidad, hoy por hoy gracias al conocimiento que poseen sobre los ríos colombianos, son una de las armas mas letales que tiene la Armada Nacional para enfrentar el terrorismo de las FARC, en las zonas mas inhóspitas de nuestro país y si no; pregúntenle al viejo Misael quien hace un par de años le tocó al tiempo pilotear y disparar una M- 60 ante un sorpresivo ataque de las FARC.

Siempre decían que sólo les faltaba el uniforme y el grado y ambos los consiguieron ese medio día de septiembre caloroso y de cielo abierto. Pero por mas militares que ahora sean, no dejan sus agüeros de marino. Si sueñan con toros rojos o niños es que abrá muertos, si lo hacen con dientes caídos  tendrán enfrentamientos o combates, si sueñan con culebras habrá malos entendidos.

También creen en las historias del delfín rosado que se convierte en una hermosa damisela o del pez bufeo que encanta mujeres en el rio Inírida para embarazarlas o en la viuda negra, que se aparece en Puerto Leguizamo como una bella mujer pidiendo fuego para encender  un cigarrillo y al acercarle  la lumbre, se ve una horrible calavera que priva al que la mira.

Pero el fenómeno que mas sufren es la inflación de la selva, una gaseosa vale cuatro mil pesos, una cerveza siete mil y una crema dental diez mil, no es cierto que tengan un amor en cada puerto, porque si se meten con una indígena tienen que pagar la dote y con su sueldo no hay efectivo para tanto. El peor sitio para ellos en Colombia es  Piñuna Negra Putumayo, mas conocida como la capital del mosco, porque sobre las tardes atacan en enjambres y pueden producir mas de mil picadas en el brazo en menos de un minuto.

Durante toda su vida fueron civiles de cuerpo pero Infantes de corazón, hoy son pilotos fluviales y lo harán hasta la muerte, aman su profesión como ninguno así tenga que navegar bajo las condiciones climáticas más extremas, donde la neblina se pega la piel y no deja ver lo que hay a un metro de distancia.

Encallamientos han tenido varios, varadas muchas y ha algunos de ellos les a zozobrado alguna embarcación, pero aun así tiene un impresionante record de operaciones exitosas contra el terrorismo y el narcotráfico.

En total son 55 pilotos fluviales que este año se convirtieron en Suboficiales Primeros y el próximo quizás en bachilleres, porque en silencio mas de uno esta validando su educación básica primaria y la secundaria, el siguiente uniforme que quieren vestir es la toga y el birrete que los acreditará como unos bachilleres muy especiales, al saber mas de hidrografía que el mejor bachiller del Gimnasio Moderno. Ellos solitos tienen más conocimientos fluviales que cualquier bitácora.

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