DOS VIDAS UNA HISTORIA
La Armada Nacional de Colombia
tiene en su haber un honor y orgullo que no se puede dar ninguna otra
institución o entidad militar del planeta.... Tiene en sus filas los dos
suboficiales activos más antiguos del mundo. El primero es el Jefe Técnico
Rafael Darío Valverde Burgos, quien a sus ochenta y siete años de edad, es el
marino más antiguo de todo el mundo con
casi sesenta y siete años de
servicio activo. El segundo es el Sargento Mayor de Infantería de Marina Martin
Elías Pérez Garcés, más conocido como “PEPPO”,
quien a sus ochenta años de edad ya tiene casi sesenta y tres años de servicio.
Para escribir esta crónica tuve
la fortuna de conocer a este par de bitácoras humanas, que están muy cercanas
al siglo de vida y pese a algunos quebrantos de salud, aun conservan la mística y el amor por el
uniforme y la institución, como si estuvieran viviendo su primer día de
milicia.
Al primero que conocí fue al
Sargento Mayor Pérez, un paisa de rostro bonachón que debido a un problema de
columna, sólo se puede mover ayudado por un caminador por su pequeño y estrecho
museo, o mas bien hemeroteca que conserva en retablos y cuadros colgados por
todos los rincones, las fotografías y artículos de periódico publicados en los
últimos años sobre la Armada Nacional.
El museo esta ubicado en el
tercer piso del Batallón de Fusileros de Infantería de Marina No 2, con sede en
Cartagena. Allí “Peppo” como todos conocen al Sargento Mayor Pérez, ocupa el
cargo de asesor de comando y en su museo además de los artículos sobre la
Armada, guarda otros más sobre su vida militar que esta cargada de medallas,
reconocimientos y anécdotas.
A “Peppo” me lo encontré una
tarde del pasado mes de septiembre “corriendo”, de un lado a otro con su
caminador por los estrechos pasillos, que dejan los anaqueles en su museo, me
recibió como si me conociera de toda la vida, aunque era la primera vez que nos
veíamos, siga “Juancho” y siéntese, porque si vino a escuchar historias me dijo,
eso es lo que yo tengo y el tiempo me sobra; algo que de inmediato me hizo
pensar que estaría allí, un par de horas y que escaparme no seria una opción.
Hablar de la vida de “Peppo”,
es hablar de la vida de la Infantería de Marina y de las vivencias de sus
diecisiete mil hombres, tras las canas y las cicatrices en su cuerpo, se
refugian miles de historias que señalan y reflejan el rol de una institución
creada para salvaguardar la seguridad y la democracia en las aéreas fluviales
de nuestro país.
Muchos en Colombia quizás hasta
desconocen la existencia de la Infantería de Marina, para el común de la gente
todos son soldados, pero no saben que estos hombres al ingresar a la Armada
Nacional tomaron la opción de ser infantes y no navales, están hechos de una casta
especial, capaces de vivir en las condiciones más adversas, de patrullar con el
lodo y al agua al cuello y caminar hasta que su pies estallen sin lanzar al
aire una sola queja.
“Peppo” ama a su Infantería de
Marina como a nada mas en el mundo, su sonrisa socarrona le sale
a flor de piel, cuando le pregunto porqué entró a la Armada, la primera
respuesta es “Yo no entré a la Armada, yo entre al Ejército y por accidente; ahí
empiezan las historias de un paisa charlatán, burletero y sincero, que cuenta
las cosas de hace cuarenta años como si hubiesen pasado ayer.
Para contarme la historia me
sentó en una vieja mecedora, pero primero me mostró las cuatro cartas que le ha
mandado el Presidente de la República Álvaro Uribe Vélez, las de algunos
ministros y las de varios Comandantes
de la Armada. Después de ese pequeño preámbulo se trasladó en fracción de
segundos a su natal Fredonia, Antioquia, donde nació en 1927, cuenta el
Sargento Mayor Pérez que, un día no volvieron a saber de uno de sus hermanos y como
era su “parner”, asumió la responsabilidad de buscarlo.
De Fredonia salió en 1944 a los
diecisiete años dejando atrás a sus padres, al viejo Celso y a la fuerte doña
Emilia, les prometió que no volvería sin su hermano, ese día que cogió la chiva
rumbo a Medellín, nunca se imaginó que pasarían muchos años para volver a su
tierra natal.
De Medellín cogió otro bus para
Pereira y buscando a su hermano llegó
al Batallón San Mateo, donde le dijeron que estaba bien y que ya era
suboficial, “Peppo” no quiso quedarse atrás y en menos de un año, el primero de
mayo de 1945 ya era soldado y un año después gracias a su mística y entrega
recibió el grado de Cabo Segundo.
En el Ejército estuvo doce
años y en 1954 formó parte del Batallón Colombia que combatió junto a la
Fuerza Multinacional de Naciones Unidas, en la guerra de Corea, donde comandó
los pelotones de ametralladoras 50 y 30. Allí lo conocían con el código 12560.
Dice “PEPPO” que era mejor que lo identificaran por el código, porque a la hora
de hablar todo se complicaba _ “imagínense sentados en una misma mesa un ingles, un norteamericano,
un francés, un sur vietnamita y un paisa de Fredonia Antioquia, será que
tenemos mucho de que hablar” y suelta una
sonora carcajada.
De Corea regresó con muchas condecoraciones,
ileso y soltero, porque antes de viajar allí se iba a casar, el viaje se lo
impidió y él jocosamente dice que en Corea ni lo mataron, ni lo casaron, pero
lo despidieron con amor porque el día que zarpo el buque miles de gaviotas lo
acompañaron un buen trecho. Con muchas condecoraciones llegó al país, con tres
mil doscientos pesos que tenia ahorrados se compró un Studebaker que le sacó
mas de una cana y en 1958 estando el Leticia Amazonas, el puesto del Ejército
fue trasferido a la Infantería de
Marina y “Peppo” de la noche a la mañana cambio de arma. Durante varios años
fue comandante de los puestos de Monclart, Puerto Asís, La Tagua, Puerto
Ospina, La Pedrera, Tarapacá y Leticia. Nunca se casó pero si tuvo dos hijos,
Darío de 54 años quien vive en Leticia y le dio cinco nietos y Juan Carlos,
de 42 que vive en Bogotá y le dio un
nieto.
En 1965 ascendió con 38 años de
edad ascendió al grado de Sargento Mayor, grado en el que ha estado los últimos
cuarenta y dos años de su vida y donde ha recibido mas de una docena de
medallas por sus servicios al país, entre ellas la Cruz de Boyacá, la más alta distinción para cualquier militar en
Colombia. Incluso “Peppo” fue alcalde militar del Hato Santander, durante once
meses por orden del alto mando militar.
“Peppo” hoy más que un militar,
es el papá de todos los Infantes de Marina, desde Oficiales, Suboficiales,
Infantes Profesionales o Regulares, le piden un consejo, préstamos de dinero
que nunca le pagan y hasta una ayudita con el comandante. Él con su cara de
papa Noel sin barba y sin traje rojo, hace lo que sea por sus Infantes de
Marina, él dice que si se lo pidieran, esta siempre listo para ir al frente de combate. Pero ya no está
para eso, su octogenaria vida es más para que la pase tranquilo con su familia,
una familia que es la Armada, porque de joven fue borracho y parrandero y nunca
se quiso casar, tuvo muchas novias hasta que se volvió cascarrabias, hoy a sus
ochenta años, es un soltero cotizado como él mismo lo dice. “imagínese quien no
quiere casarse conmigo si con ochenta a cualquier momento me muero y dejo una
buena pensión”.
Quizás por estos días de fin de año, “Peppo” luzca su uniforme
blanco en alguna gala en Cartagena y quien vea a ese hombre lleno de medallas
en una silla de ruedas, lo mirará con respeto porque saben que detrás de cada
uno de los metales que cuelgan en su pecho y en las líneas de la sabiduría que
la vida ha trazado en su frente, esta el legado de un hombre que ha dedicado
toda su vida a trabajar por su país y por su institución.
Dicen algunos, que lo único que
hace falta es que el Ministerio de Defensa en representación del Gobierno y la
Armada Nacional, le brinde un homenaje en vida, para que los actuales momentos
difíciles que vive por su enfermedad de columna, sean mas llevaderos, porque
nada alegra más a un militar, que un aplauso general, mientras su jefe le
cuelga una medalla en el pecho en reconocimiento por su trabajo.
Al Jefe Técnico Rafael Darío
Valverde Burgos, contramaestre de maniobra, lo conocí una mañana de domingo
también en el mes de septiembre, en la casa de una de sus nietas donde vive en
el barrio Santa Mónica de Cartagena. El
Jefe Valverde nació en San Carlos un caserío del departamento de Córdoba ubicado
entre Cerete y Montería.
Como les dije al iniciar esta
crónica tiene ochenta y siete años de edad y casi sesenta y siete como militar
activo, muy seguramente el año entrante figurará en el libro de los Guiness
Records, como el marino más antiguo del mundo. En este encuentro con él en
Cartagena, estaba feliz, acaba de llegar de
Bogotá, donde realizó durante un mes el noveno curso internacional de
Sargentos Mayores de Comando, allí recibió la distinción de mejor líder por
sobresalir entre sus compañeros, no sólo en el plano de la experiencia militar
sino también en el académico, o pregunten por la charla que dio sobre Roma y el
Catolicismo que dejó boquiabiertos a todos.
Hablar con el Jefe Técnico
Valverde es como ingresar a una biblioteca y coger un libro de la historia del
siglo XX en Colombia, el puede contar sin riesgo a mentir que combatió y se
tomó unos tragos con el guerrillero liberal Guadalupe Salcedo en Tame Arauca
cuando éste se acogió a los programas de reinserción del gobierno de la época.
Cuenta también que participó de muchos combates con las FARC, cuando éstas eran
un grupo de descamisados y “Tirofijo” no tenía canas, dice que no quiere morir sin saber o ver si
finalmente Manuel Marulanda es capturado vivo o muerto.
El Jefe Técnico Valverde se presentó a la Armada Nacional en
1941, cuando se graduó de bachiller , su incorporación fue en Cartagena, en la
recién construida Base Naval y sus primeros años como marino los vivió en los
buques petroleros ARC Cúcuta y ARC Cabima;
llevando petróleo hasta el canal de Panamá. Una tarea que realizó
durante siete años y que sólo se vio interrumpida por un par de viajes a
Europa, en uno de esos viajes recibió la peor noticia de su vida su madre había
muerto y él no pudo estar en su
sepelio, la última vez que la vio con vida, fue el día que salió de San Carlos
a Cartagena y ella quedo llorando porque no quería que su hijo tomara la vida
de marino.
Por su trabajo en los buques
petroleros fue premiado con un viaje a Estados Unidos a Fourt North, para recibir entrenamiento militar, como
siempre trabajó y estudió duro y al terminar el curso ocupó el segundo lugar,
no fue primer puesto, porque su ingles era muy insipiente.
Dos años después debió regresar
a Estados Unidos ante la decisión del gobierno colombiano de formar parte de la
Fuerza Multinacional que participaría en la guerra de Corea, para enfrentar a
las fuerzas comunistas del vietcong que pretendían apoderarse de Corea del Sur.
Valverde llegó a San Diego
California a bordo del ARC Almirante Padilla, mientras trascurrieron los cuatro
meses que tardó el acondicionado del buque, él recibió reentrenamiento militar,
que fue fortalecido en Hawái la última escala antes de llegar a Corea bajo las
ordenes del General Douglas MacArthur.
En la guerra su misión fue
detectar los campos minados sembrados por los norvietnamitas y hacerlos denotar
para facilitar el ingreso de las tropas anfibias, en esa misión cumplió su
papel en la guerra durante tres años, una tarde cuando lo invadió la nostalgia
por su país y por su amada, decidió refugiarse bajo un risco para leer la carta
que su novia le dio antes de partir de Cartagena, pero no alcanzó a leer ni dos
renglones, un compañero piso una mina y todos volaron despedazados por el aire,
sólo él se salvó pero tenía múltiples contusiones y una gran herida en una de
sus piernas. Los soldados estadounidenses que lo rescataron pensaron que la
perdería, pero su rápido traslado en helicóptero a un hospital de guerra en
Japón, le salvó la pierna, la vida y le permitió vivir uno de los pasajes mas
recordados de su vida.
Por esas cosas de la vida, el
día que las tropas colombianas regresaban al país él no lo pudo hacer, porque
aun estaba convaleciente. Se quedó en manos de la médica japonesa Michico Obsu
que lo curó de las heridas de guerra y también le llenó de amor su solitario
corazón. De ese romance nació el hijo mayor del jefe Valverde, Harold Valverde
Obsu, a quien no vio nacer porque setenta y ocho días después de ingresar al
hospital fue dado de alta y regresó a Colombia, donde se caso con María
Beltrán, la mujer que juro esperarlo si se casaban al regreso y él cumplió su
promesa.
Con María convivió cincuenta
años de vida y hace cuatro enviudó, en total tuvo ocho hijos, veintidós nietos
y cinco bisnietos, en secreto me contó que tiene novia y que en sus ratos
libres le gusta escuchar a Vicente Fernández, Agustín Lara y Pedro Infante y si
de bailar se trata, no hay nada como un tango pero de los cantados por Carlos
Gardel.
El Jefe Valverde es como un
capitán Nemo, al que le hace falta el vaivén de su barco sobre las olas para
vivir, durante décadas le dio una y otra vez la vuelta al mundo, cumpliendo con
su misión. De Cartagena navegó a Nueva York, de allí a Australia, Japón,
Suráfrica, India, Irán, Egipto y cientos y cientos de puertos y países más.
No dejó un amor en cada puerto
porque cree en el respeto a las damas pero si algunas conquistas y cada vez que
en altamar se guio por las estrellas
para navegar, recordó su natal San Carlos y el día en que escuchó en la
radio lo que él seria, cuando pasaron una cuña de la Armada Nacional invitando
a los jóvenes a enrolarse.
Para el Jefe Técnico Valverde
ser Suboficial de la Armada no es una responsabilidad sino un estilo de
vida, recuerda con gracia el día que le
dijeron que ya se podía pensionar, porque había llegado a lo veinte años,
“pensionarme ni en chiste” dijo, “si me voy me muero” y ya lo ven, va a cumplir
sesenta y siete años de servicio y sigue levantándose a las cuatro de la
mañana, hace ejercicios durante una hora y es el primero en llegar a su sitio de
trabajo, para cumplir con su cargo; contramaestre de carga. Hoy lo hace con
documentos, pero por décadas lo hizo con su buque el ARC “Pedro de Heredia”
remolcando pesados barcos varados en altamar.
Por eso quizás el momento más
difícil de su vida fue el día que le notificaron que su amado buque, el ARC
“Pedro de Heredia”, que lo acompañó por más de veinte años y del que era
comandante simbólico, sería hundido en la Isla de Tierra Bomba de forma
controlada para que se convirtiera en un arrecife de coral artificial. Cuando
se le pregunta al Jefe Técnico Valverde por el ARC “Pedro Heredia”, se le
dibuja una sonrisa en su boca, el buque perteneció a la Marina de Estados
Unidos y formó parte de la flota que participó en la Segunda Guerra Mundial. En
1979, cuando Colombia lo adquirió,
cumplió inicialmente tareas de soberanía en el Archipiélago de San
Andrés, Providencia y Santa Catalina.
Las explosiones de la guerra de
Corea dejaron medio sordo al Jefe Técnico
Valverde, pero eso no impidió que navegara por cincuenta y seis años y
mucho menos que durante la guerra retara con su buque los tifones que azotan
cada año a Rusia, Corea del Sur y Japón. Su mediana sordera tampoco le impidió
que realizara las cinco vueltas que le
dio al mundo, muchas de ellas a través de la navegación de altura, la más pura
que hace cualquier marino guiado por las estrellas y las constelaciones y sin
la ayuda de instrumentos.
A su octogenaria edad habla
como un muchacho, esta lleno de vitalidad, lucidez, mística y amor por lo que
hace. Si lo quieren ver bravo hablen de pensionarlo o darle la baja, porque
como él mismo lo dice, “se va de la
Armada, el día que el dios Neptuno se lleve a descansar sus cenizas en lo mas
profundo de esos mares”. Los que el navegó por más de medio siglo.
Como lo ven, hablar del
Sargento Mayor Pérez o del Jefe Técnico Valverde es ingresar a un recorrido
maravilloso por la vida de la Armada Nacional, estos hombres son el testimonio
viviente de una fuerza de veinticinco mil hombres que cada día trabajan sin
descanso por la seguridad del país, contar un poco de su vidas, es un pequeño
homenaje que se les quiere rendir desde estas páginas, para expresarles lo importante que son para
Colombia y su Institución.
Leyendo un par de filósofos y
antropólogos aprendí que renegar de
nuestra historia, es renegar de nuestra esencia, pero si por el contrario
aprendemos de ella, cada día nos fortaleceremos más, quizás ese sea el secreto
de la Armada Nacional, para ser una fuerza tan unida como la que es, porque
puede aprender de su historia y no en los libros, no, todos los días en la Base
de la Fuerza Naval del Caribe, cualquier Oficial, Suboficial o Infante de
Marina se puede sentar bajo la sombra protectora de un árbol, a escuchar al
Sargento Mayor Pérez o al Jefe Técnico Valverde, quienes sin temor a
equivocarme, unen en sus vivencias y en su experiencia el ochenta por ciento de
la historia de la Armada Nacional de Colombia. Dos hombres una historia y
gracias a Dios contada por sus protagonistas.








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